Una invitación a tanto obrero urbano que, sentado frente al PC, quiere un rato para relajarse y de paso, rebelarse pasivamente contra el sistema. Algo así como Ghandi pero con más pelo.
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Viernes, 13 de enero de 2006

Apenas dobló la esquina, don Conrado Silva de Bilbao apretó la quijada y apuró el paso hacia su casa, mirando fijamente la patrulla policial estacionada al frente. No hubo necesidad de tocar el timbre de alerta, porque todas las puertas estaban abiertas, desde el enorme portón gris que negaba el paso a la luz, hasta la mampara de vidrios ennegrecidos.
Algunas ventanas estaban también abiertas, y mientras avanzaba por los pasillos, don Conrado vio cómo la luz bañaba las paredes desnudas y los floreros vacíos; miró con impotencia los cascabeles tirados en el suelo, junto a los muebles de bordes acolchados. De pronto escuchó los sollozos de su esposa Clara y de la institutriz, tratando de explicar compungidas lo que muy pocos serían capaces de entender.
Al llegar a la sala de estar, una mujer gruesa vestida de traje y flanqueada por dos policías le hablaba a la joven que ocultaba impotente el rostro entre sus manos.
“Nos llevaremos a la niña ahora mismo, tiene usted media hora para prepararle una maleta con lo indispensable, y será custodiada en todo momento por los oficiales” decía la mujer, sin ningún asomo de emoción en su voz.
Conrado apretó los puños imperceptiblemente y se permitió interrumpir. “Disculpe señora, tal vez mi joven esposa no ha sabido explicarse”. “¡Claro que sí!, lo cortó tajante la mujer, nos dijo que esto había sido idea suya, que la niña no ha salido nunca de su casa, y que usted la convenció desde pequeña de que no hay nada más en el mundo que esta familia”.
“Es que usted no entiende, señora fiscal, nosotros hicimos esto por amor, ella no hubiera sido capaz de enfrentar la realidad…” La mirada severa, casi con desprecio, que le devolvió la fiscal, le convenció de la inutilidad de cualquier argumento. Don Conrado suspiró abatido y enfiló hacia la habitación de su pequeña hija.
La niña estaba sentada sobre la cama y abrazaba un osito de peluche sin ojos. Al sentir los pasos de su padre, la pequeña volvió la cabeza hacia el umbral de su cuarto. Viendo a su hija iluminada desde atrás por la ventana recién abierta, don Conrado se sentía como despertando de una noche de siete años: la niña tenía la piel blanca y traslúcida, que rivalizaba en pureza con la nívea tela de su camisita de dormir. Sus ojos velados tenían a la vez una cándida inteligencia y su voz cantarina brotó con un sutil dejo de preocupación cuando por fin se quebró el silencio:
“Papá, ¿qué es la ceguera?”
Por: Malaquias Valderrama | PACIENCIA FICCIÓN | Comentarios (3) | Referencias (0)
Generalmente nos resulta fácil juzgar pero nadie nos enseña a ser padres...
Además hay tantas formas de interpretar y expresar el amor ¿cómo juzgarlo? ¿bajo que parámetro?...
Cada día más Lúcido, no dejas de sorprenderme y de cautivarme con tus cuentos.
julieta | 17-01-2006 22:17:18
CArloT | 20-01-2006 19:57:05
Sobre el mismo tema:
http://ivantapia.blogspot.com/
Óscar | 22-01-2006 15:23:40